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‘Ana Isabel Gutiérrez Salegui’ Category

Nota de la agencia Efe, difundida por Efe Salud y Efe Verde.

Publicada entre otros por:  El Confidencial, Heraldo de Aragón, La Nueva España de Oviedo, Faro de Vigo, La Opinióm-A Coruña, La Región de Ourense, La Opinión-El Correo de Zamora, Levante, Información de Alicante, La Región de Murcia, La Opinión de Murcia, La Opinión de Málaga, Canarias 7, La Provincia de Las Palmas de G.C., Diario de Mallorca, Diario de Ibiza, Última Hora de Baleares,  Gomera Verde, Vanguardia de México, Oro Noticias de México, Infoalimentación de México, El Heraldo de Colombia, LiderDoctor y Radio Corazón y Vida.
LOS ALIMENTOS “FUNCIONALES” SE LLAMAN PIMIENTO, NUECES, SARDINAS O POLLO

Los alimentos “funcionales” existen y no se anuncian en la tele ni en las revistas. Se llaman pimientos, acelgas, espinacas, nueces, pollo o ternera. De hecho, una sola sardina tiene el equivalente a casi 6 litros de leche enriquecida con Omega3.

Madrid. Efe. Teresa Díaz.

Así lo ha asegurado en una entrevista con Efe, la psicóloga Ana Isabel Gutiérrez Salegui, autora del libro “Consume y calla”, con el que pretende “desenmascarar” a una industria que se lucra con productos “saludables” y “funcionales” y cremas que nos hacen parecer eternamente jóvenes y que, sin embargo, no mejoran nuestra salud.

Bífidus, omegas, filoestenoles, aminoácidos, lactobacilos, grasas hidrogenadas, antioxidantes o sirtuinas son palabras mágicas con las que nos bombardean desde los anuncios y los estantes de los supermercados.

Todos hemos oído hablar de ellos y, aunque no sepamos qué son exactamente o cómo actúan en nuestro organismo, somos capaces de dejarnos medio sueldo en adquirirlos, señala la experta. El hecho, además, de que muchos de ellos se puedan comprar en farmacias les da un plus de garantía. Sin embargo, según Gutiérrez, estos productos solo tienen que demostrar que no son perjudiciales para que las boticas los vendan. Lo que es “relativo” y depende de las dosis y de las personas que los consuman. Así, “un simple diurético o laxante te puede acabar matando de una parada cardíaca si pierdes demasiado potasio”. “Si no hay una alegación clara de salud, no tienen que demostrar que sean efectivos”, señala esta especialista en trastornos alimentarios de la conducta. De esta forma, si un anuncio dice “cuida tu corazón”, el fabricante te está diciendo literalmente que lo cuides, no que su producto te ayude a ello, aunque el destinatario del mensaje lo entienda así.

Gutiérrez revela cómo las empresas utilizan “múltiples trucos” que juegan con la sintaxis, las palabras o las imágenes para que el mensaje percibido por el consumidor sea el que les interesa. La mayoría de las trampas se esconden detrás de un asterisco o en la letra pequeña. “Los anuncios no mienten, esconden la verdad tras letras diminutas”.

LA “GORDOFOBIA” QUE NOS HACE CONSUMIR TODO TIPO DE PRODUCTOS

En su libro, Gutiérrez acuña el término “gordofobia” para referirse a la obsesión de la sociedad occidental por la delgadez y por la perfección física, que constituye el “Santo Grial del siglo XXI”. Un público perfecto para un mercado que genera al año miles de millones de euros.

La experta advierte sobre aquellos productos que llevan la etiqueta “bio” o “eco”, muchos de los cuales se autocalifican como tales y no lo son. Además, el problema viene de la confusión con el concepto “natural”, que no requiere ningún tipo de cumplimiento normativo y que se puede poner en cualquier artículo.

“El colmo de la tomadura de pelo es que, además, nos cobren por ello”.

Los supermercados están también llenos de los denominados productos “light”, que “no son más sanos ni sirven para adelgazar”.

Ese concepto “significa única y exclusivamente que tiene un 30 por ciento menos de grasa que el producto original, cosa que no todos cumplen”. Pero el tipo de grasa que te estás metiendo en el cuerpo es el mismo.

Para esta especialista, “no deberían ser las calorías lo que miremos sino los alimentos. “¿O es que nadie se da cuenta de que 200 calorías de tortilla de espinacas son más saludables que 200 calorías de gominolas?”.

Y qué decir de los suplementos nutricionales, tan de moda. “No son necesarios si la alimentación es completa y equilibrada y la persona está sana”. Y si no lo está, quien debe prescribirlo es un médico, ya que pueden ser perjudiciales.

“Es fundamental estar bien informados y que haya una regulación sensata en materia de publicidad y alimentación o, por lo menos, que se garantice el correcto cumplimiento de la normativa existente”, señala Gutiérrez, quien apela a la responsabilidad de los medios de comunicación para no dar pábulo a dietas milagro ni fomentar estereotipos insanos.

“Deberíamos centrarnos más en la salud que en la belleza. Porque, ¿de qué sirve el cascarón si se está enfermo?”, concluye.  

(Fotografía: John Riley/Agencia Efe)

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Por Ana Isabel Gutiérrez Salegui
Publicado en el blog jurídico ¿Hay Derecho?, 10.04.14.
 
En el año 2013 un grupo de ex-alumnas y alumnas de un colegio de Madrid, el Valdeluz, decidieron denunciar a su profesor de música por abusos sexuales continuados. El hecho, hasta aquí triste pero no sorprendente, tornó en escándalo cuando se supo que, desde al menos el año 2007, presuntamente siempre, el Colegio y la Comunidad de Madrid habían tenido conocimiento de los hechos y no habían tomado ninguna medida.
 
Convención Internacional de los Derechos del Niño: el Artículo 19, Protección del abuso, dice lo siguiente: “Los Estados Partes adoptarán todas las medidas legislativas, administrativas, sociales y educativas apropiadas para proteger al niño contra toda forma de perjuicio o abuso físico o mental, descuido o trato negligente, malos tratos o explotación, incluido el abuso sexual, mientras el niño se encuentre bajo la custodia de los padres, de un representante legal o de cualquier otra persona que lo tenga a su cargo”.
 
El caso Valdeluz sigue dejándonos asombrados por la cantidad de incoherencias y despropósitos que hemos escuchado y el uso torticero de la Ley que parece haberse realizado. No sé si la sociedad es realmente consciente de la monstruosidad que supone que los delitos de un abusador de menores sean conocidos por las autoridades y no se produzca una denuncia automática, más teniendo en cuenta la alta tasa de reincidencia de este tipo de agresores.
 
En el caso Valdeluz, como en otros casos similares, a lo mejor primero hay que aclarar conceptos. La aparición de la palabra adolescente para denominar a esa etapa que hay entre la niñez y la etapa adulta, puede llevar a confusión a algunas personas y minimizar ante la sociedad la percepción de la gravedad de los delitos cometidos.
 
Recordemos, pues, que, según nuestra legislación, las personas que no han cumplido los 18 años son menores de edad y están sujetos a la tutela de sus progenitores y a la protección de todas las instituciones. Exceptuándose solamente aquellos casos en los que, por vía judicial, y nunca antes de los 16, el menor ha sido declarado menor maduro.
 
Que la adolescencia esté siendo adelantada por intereses espurios de la sociedad de consumo, no puede hacernos perder el Norte: una niña de 13 años maquillada y con tacones no pierde su condición de niña de 13 años. El mito de Lolita ampara y justifica a los pederastas y difumina la gravedad de un delito totalmente injustificable.
 
Hay que recordar también la definición de la O.M.S de año 1999 sobre maltrato a los menores: “El maltrato o la vejación de menores abarca todas las formas de malos tratos físicos y emocionales, abuso sexual, descuido o negligencia o explotación comercial o de otro tipo, que originen un daño real o potencial para la salud del niño, su supervivencia, desarrollo o dignidad en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder.”
 
La introducción que, en principio, no parece excesivamente relacionada con el tema sobre el que deseo poner el acento, viene dada por el tratamiento informativo del caso Valdeluz y de otros similares, en los que la palabra adolescente amortigua de cara a la sociedad los hechos. Disculpen, pero la verdad descarnada es ésta: un profesor presuntamente ha abusado de un número de niñas a las que impartía clase y de las que era directamente responsable.
 
Las primeras noticias sobre el caso nos horrorizaron a todos, como siempre que se descubre un caso así: un profesor había sido acusado de abusar de un número indeterminado de niñas en un colegio de Madrid. La viva imagen del lobo entre los corderos. Pero las siguientes declaraciones nos espeluznaron aun más, sobre todo a los profesionales que trabajamos con personas que han sufrido abusos en la infancia.
 
En las primeras declaraciones, según los medios de comunicación, el director del Colegio y el Jefe de estudios afirmaron conocer los hechos, al igual que el psicólogo y el Centro Especializado en Abusos Sexuales a la Infancia (CIASI) de la Comunidad de Madrid, al que había sido derivada una de las menores en el año 2007. Me consta que todos sabemos matemáticas, estamos en el año 2014: hablamos de siete años de conspiración de silencio, en los que no se hizo nada y en los que, siempre presuntamente, se ha continuado abusando de niñas indefensas. Para los que nos dedicamos a esto, estaba claro que, de ser cierto, no sólo se había podido incurrir en un delito de encubrimiento, sino de complicidad, ya que quien tiene conocimiento de un posible delito futuro y no lo evita es cómplice. Todos aquellos abusos sucedidos con posterioridad al año 2007 no habrían sido posibles sin el silencio de todos los implicados.
 
Esto que, desde la lógica, la ética y la moral -valores todos tan escasos hoy en día-, habría sido, de mediar vergüenza, motivo de dimisión de todos los implicados y, de no mediarla, motivo de destitución fulminante, así como de imputación por parte de la Justicia, continuó con un vergonzoso ejercicio de relatividad moral y legal. Según los protagonistas, “la obligación de denunciar es de los padres”, “el secreto profesional no deja revelar una cosa así” y el absolutamente delirante “no denunciamos para proteger a los demás niños”. Rizando el rizo afirmaron que “la ley no lo deja claro”.
 
Parece mentira que yo, una simple ciudadana y psicóloga forense, tenga claro que la interpretación de la ley queda reservada a los jueces y sin embargo estos doctos señores no lo sepan. No obstante, como verán ahora, La Ley, con mayúsculas, lo deja muy claro, empezando por la Carta Magna. La Constitución española menciona de forma explícita la protección a la infancia en su artículo 39 apartados 2 y 4: “2. Los poderes públicos aseguran, asimismo, la protección integral de los hijos, iguales éstos ante la ley con independencia de su filiación, y de las madres, cualquiera que sea su estado civil. 4. Los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos”.
 
No obstante, creo que hemos estudiado distintas leyes, ya que la Ley de Enjuiciamiento Criminal, en su artículo 262 es poco dada a ambigüedades: “Los que por razón de sus cargos, profesiones u oficios tuvieren noticia de algún delito público, estarán obligados a denunciarlo inmediatamente al Ministerio fiscal, al Tribunal competente, al Juez de instrucción y, en su defecto, al municipal o al funcionario de policía más próximo al sitio, si se tratare de un delito flagrante. Los que no cumpliesen esta obligación incurrirán en la multa señalada en el artículo 259, que se impondrá disciplinariamente.”
 
También la Ley Orgánica 1/1996 de protección jurídica del menor y de modificación del Código Civil y de la Ley de Enjuiciamiento Criminal constituye un amplio marco jurídico de protección a la infancia que en el articulo 13 trata sobre la obligación de la denuncia y de mantener la confidencialidad: “1. Toda persona o autoridad, y especialmente aquellos que por su profesión o función, detecten una situación de riesgo o posible desamparo de un menor, lo comunicarán a la autoridad o sus agentes más próximos, sin perjuicio de prestarle el auxilio inmediato que precise (…)”.
 
Y, por si fuera poco, la normativa específica de centros docentes también lo contempla. La obligación de comunicar aquellos casos de malos tratos de los que se tenga conocimiento está recogida en diferentes y numerosas legislaciones como, por ejemplo, en el caso de los profesores y centros docentes, el Real Decreto 732/1995, de 5 de mayo, por el que se establecen los derechos y deberes de los alumnos y las normas de convivencia en los centros, que en su Titulo II sobre los derechos de los alumnos establece en el artículo 18 que: “Los centros docentes estarán obligados a guardar reserva sobre toda aquella información de que dispongan acerca de las circunstancia personales y familiares del alumno. No obstante, los centros comunicarán a la autoridad competente las circunstancias que puedan implicar malos tratos para el alumno o cualquier otro incumplimiento de los deberes establecidos por las leyes de protección de los menores.”
 
Claro que, ante la avalancha de criticas y comentarios en las redes sociales, argumentaron que ellos se referían al Código Penal. Pues lo siento, pero el Código Penal también es bastante explícito en que los delitos contra menores son perseguibles de oficio, aunque si hubieran hecho su labor, que era poner en conocimiento de Fiscalía los hechos, ya se lo habría contado la propia Fiscalía.
 
Por su parte el psicólogo que se ampara en el “secreto profesional” también debería saber que nuestro secreto profesional no contempla ocultar delitos contra las personas. No somos abogados defendiendo a un cliente. Y que, ante cualquier duda ética, moral o de criterios de actuación. tenemos una organización colegial a la cual consultar. “Artículo 8.- Todo/a Psicólogo/a debe informar, al menos a los organismos colegiales, acerca de violaciones de los derechos humanos, malos tratos o condiciones de reclusión crueles, inhumanas o degradantes de que sea víctima cualquier persona y de los que tuviere conocimiento en el ejercicio de su profesión”.
 
Todos estos señores, además de mostrar un despreocupante desconocimiento de las Leyes (estoy obviando la interpretación de algo peor, que sería no preocuparse por los menores, los abusos, las consecuencias de los abusos y las posibles futuras víctimas) han provocado una consecuencia funesta. En estos momentos es posible que muchos directores, docentes, psicólogos o ciudadanos piensen que, efectivamente, no hay obligación de poner en conocimiento de las autoridades el conocimiento o la sospecha de los abusos a menores.
 
La respuesta de la Administración aclarando este punto, explicando las leyes y planteando la línea correcta de actuación para futuros casos está tardando. Un documento que fuera enviado a todos los centros docentes, públicos y privados, a los Colegio Profesionales para que los remitieran a sus colegiados y que fuera publicado en los medios de comunicación. Sinceramente no sé a que están esperando.
 
Claro que esto pondría contra las cuerdas al director, al jefe de estudios, al psicólogo y la Comunidad de Madrid, revelando que lo han hecho rematadamente mal. A lo mejor es por eso.

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El espacio Tendencias, que dirige y presenta Patricia Costa en Radio 5-RNE, dedicado al “análisis de cambios sociales, económicos o culturales”,  ha centrado su emisión de hoy en el libro recientemente publicado Consume y calla, del que es autora Ana Isabel Gutiérrez Salegui.
 
Como indicaba la propia web de Radio Nacional de España, “la psicóloga Ana Gutiérrez Salegui nos presenta Consume y calla (Ed. Akal), un libro que reflexiona sobre la manipulación publicitaria cada vez más presente en alimentación y cosmética. Analizamos sus repercusiones sociológicas, legales, económicas y también sobre nuestros hábitos y nuestra salud. Su objetivo es ‘desenmascarar a una industria que, además de lucrarse con ello hasta extremos insospechados, es directamente responsable de las enfermedades de la sociedad occidental’, explica la autora”. 
 
Éste es el audio completo del espacio:

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Difundido por agencia D.P.A. y publicado en medios como  El Digital de Asturias, 02.04.14 o revista Tiempo, 09.04.14.
 
EL FRAUDE A UNA SOCIEDAD ENCERRADA EN UN BURKA DE LA TALLA 38
 
Madrid. Raquel Miguel
 
“El IVA del porno al 4 % y el de los alimentos al 21 %. Demencial”. Así de categórica se muestra Ana Isabel Gutiérrez al referirse a los supuestos planes del gobierno español de reducir el Impuesto sobre el Valor Añadido a los productos pornográficos y subir al 21 % el de los alimentos, a excepción de la leche, los huevos y el pan, los únicos que quedarían gravados al 10 %.
 
“Comer sano no puede ser un lujo”, denuncia en entrevista con DPA en Madrid la autora del libro “Consume y calla” (Editorial Foca), un minucioso retrato de una sociedad obsesionada por la delgadez y la juventud pero que “al mismo tiempo y de forma paradójica es la sociedad más enferma de la historia en materia nutricional”.  
 
El retrato de la sociedad occidental, donde el referente son cuerpos delgadísimos que estarían al borde del ingreso hospitalario, que se resiste al envejecimiento incluso poniendo en riesgo la salud -queremos el mismo cuerpo a los 20 que a los 60, asegura la escritora vasca-, que sexualiza a los niños y que ha esclavizado por igual a los dos sexos en la construcción de lo que llama “el burka de la talla 38″: “Hemos avanzado por igual en lo peor”.
 
“Nunca antes había habido tantas enfermedades alimentarias en el primer mundo, como la diabetes, la hipertensión o el síndrome metabólico. Incluso en España se están dando casos de niños hospitalizados por desnutrición, algo que no ocurría desde la posguerra”, cuenta la psicóloga y escritora experta en trastornos alimentarios. Toda una paradoja que demuestra que, como mínimo, algo va mal en nuestra sociedad.
 
Y la situación es realmente grave: los trastornos alimentarios son la tercera causa de mortalidad ente los jóvenes (después de los accidentes de tráfico y las drogas) en el mundo desarrollado. “Además son la tercera enfermedad mental que provoca más muertes, por delante de la depresión”.
 
Un panorama posible gracias a una “manipulación total”, basada en estereotipos físicos irreales que fomentan la obsesión por una delgadez y juventud eternas y en una alimentación que dista mucho de ser sana, apunta la escritora.
 
El primer mito a romper: delgadez no es sinónimo de salud ni gordura de enfermedad. “Esos parámetros que servían antes ya no son válidos. Una talla 38 no es garante de buena salud; el peso es sólo un indicador”, señala la experta. “No es lo mismo ser gordo de jamón de pata negra que de bollería industrial”, ilustra, en referencia a los efectos para la salud de los distintos tipos de grasas.
 
El equilibrio, afirma, está “en el normopeso”, “el peso individual que tiene una determinación multicausal, como la estructura o altura y los antecedentes genéticos y, sobre todo, que es variable a lo largo del tiempo. No se puede pesar siempre lo mismo”, señala.
 
La mala alimentación se ha visto incentivada por un cambio global de hábitos, que ha restado tiempo para una mayor elaboración de las comidas y una conducta más sana. Pero también la falta de recursos ha hecho daño. “Hay estudios que constatan que comer sano es más caro y la obesidad en las sociedades desarrolladas está asociada a la pobreza”. Y la crisis ha agudizado la tendencia.
 
“Además comemos infinitamente peor que nuestros abuelos”. Y todo pese a que ellos pasaron hambre en la posguerra española. Gutiérrez asegura que las sociedades desarrolladas han perdido el placer de comer y, cuando lo hacen, aparece muchas veces la culpabilidad.
 
El trasfondo es toda una forma de vida, “una sociedad enferma víctima de una manipulación de las empresas, que promueven mensajes publicitarios incorrectos y poco éticos”, asegura Gutiérrez, que desenmascara en su libro las prácticas más cuestionables de las grandes firmas.
 
La autora no se muerde la lengua y se atreve a citar desde su dedicatoria a marcas de la industria alimentaria y cosmética internacional -”sin ellos este libro no habría sido posible”, dice irónica- y a realizar una minuciosa denuncia de vulneraciones a la ley y promesas sin base científica alguna que multiplican exponencialmente el precio de los productos tanto alimenticios como cosméticos.
 
Y es que en la industria cosmética también hay muchas trampas, asegura Gutiérrez. La primera y más típica: el engaño en el mensaje. La autora estudia la letra “diminuta” de muchos mensajes para plantear la tesis de que el consumidor entiende a menudo algo muy diferente al verdadero significado, que se ofrece camuflado y confuso.
 
Y en base a esa confusión, el consumidor está dispuesto a pagar cuatro veces más por el efecto de un producto que no está asegurado. “Hay cremas que cuestan 800 euros y que no hacen más que otras marcas más populares y asequibles”, asegura la autora. Lo segundo a tener claro: “No hay milagros en cosmética. El mejor milagro para la piel es alimentarse bien, beber la suficiente agua, utilizar una crema hidratante y descansar ocho horas diarias”, asegura.
 
¿Qué hacer para cuidarse de verdad en una realidad de falta de tiempo y muchas veces recursos? “Se necesita un cambio integral del sistema de valores. Es necesario un ejercicio de reflexión y priorización y tener en cuenta que una mala alimentación resta años de vida. Quizá hay que hacer algunas renuncias para cuidarnos un poquito”. Pero sobre todo, sin sufrir. “Hay mucha gente que hace deporte con la obsesión de cambiar su cuerpo y no en mejorar su salud”.
 
También es necesario que se abaraten los alimentos sanos y una regulación más estricta de las prácticas fraudulentas, cuyas multas por incumplimiento son irrisorias, asegura la autora. ¿Y para el consumidor de a pie? No creer en los milagros, mirar con lupa la letra pequeña y sobre todo: “Alimentarse normal para estar sanos en lugar de tomar productos para estar más guapos.

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El pasado 2 de abril el espacio Tolerancia Cero, de Radio Nacional de España-Radio 5, dedicó su emisión a analizar los miedos de los adultos en la actualidad.
El programa incluyó una encuesta en la calle, y contón con la opinión del filósofo José Antonio Marina y de la psicóloga Ana Isabel Gutiérrez Salegui.
Éste es el audio íntegro del programa. La intervencion de la psicóloga se va intercalando desde el minuto 17:51 al final.

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La psicóloga forense Ana Isabel Gutiérrez Salegui intervino el pasado sábado 29 de marzo como ponente en la I Jornada sobre Estafas Hipotecarias, organizada por ADEVIF, asociación que agrupa a afectados por estafas de prestamistas, con la colaboración del Colegio de Abogados de Madrid y del despacho Alberche Área Jurídica.
 
La apertura del acto estuvo a cargo de la Decana del Colegio de Abogados, Sonia Gumpert Melgosa, y de la Vicepresidenta de ADEVIF, M. Carmen Aranda Díaz.
 
Seguidamente, tuvo lugar una interesante mesa redonda sobre los aspectos legales de este preocupante fenómeno, que fue moderada por Belén Martínez Oliete, afectada y socia de ADEVIF, y en la que participaron el notario José Ignacio Navas Olóriz, el Inspector Jefe de Policía Julio Martínez Moreno y los abogados Carlos Javier Galán Gutiérrez y Fernando Adame García.
 
La conferencia de Ana Isabel Gutiérrez llevó por título Las víctimas: cómo afrontar la situación personal y familiar. 
 
La primera parte de su intervención se centró en un análisis psicológico del modus operandi de estas redes delictivas, cómo consiguen engañar a sus víctimas. En una operativa hábilmente diseñada y depurada durante años, manejan elementos como: la sorpresa (“mañana firmamos el préstamo“) para minimizar la capacidad de reacción de la víctima o la posibilidad de asesoramiento o acompañamiento; la inmediatez (“si no es mañana, ya no sabemos cuando podrá ser, porque…”) que sitúa a la persona con problemas económicos en una disyuntiva; el miedo (los temores que provoca la situación económica angustiosa); la confianza en el entorno (“¿cómo iba a pensar que me engañarían si firmábamos en una notaría?”) o en las circunstancias (“me enseñaron un documento de una entidad bancaria”); el nerviosismo (largas esperas previas e incertidumbre, prisas del prestamista cuando por fin llega… que hacen que disminuya el nivel de alerta). La conclusión es clara: cualquiera puede ser víctima de una estafa de este tipo, no hay que caer en la autoculpabilización.
 
La segunda parte estuvo centrada en ofrecer a las víctimas detallados consejos prácticos: recomendaciones para comunicar la situación a la familia y el entorno cercano; pautas de evaluación psicológica del afectado, o cuáles son los cuidados profesionales y no profesionales que pueden recibirse en estas situaciones.  
 
 
Seguidamente tuvo lugar un interesante coloquio, en el que la psicóloga resolvió las dudas planteadas por los presentes.
 
La jornada, que cosechó una excelente acogida tanto en asistencia de público como en valoración de contenidos, fue clausurada por Carmen Pérez Andújar, Secretaria de la Junta de Gobierno del Colegio de Abogados de Madrid y consejera electa del Consejo General de la Abogacía Española.

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Bífidus, sirtuínas, fitoestenoles, absorción celular, nanoesferas…, palabras mágicas con las que nos bombardean desde los anuncios y los estantes del supermercado. Todo el mundo quiere que nos cuidemos, todos los productos parece que nos ayudan a ello. Sin embargo, a pesar de este aparente conocimiento sobre alimentación y nutrición y del acceso fácil, que no barato, a todos estos compuestos, las principales causas de enfermedad y muerte en nuestra sociedad tienen que ver con lo que comemos y cómo lo hacemos: hipertensión, bulimia, diabetes, colesterol, anorexia y obesidad. Con tantas voces a nuestro alrededor “investigando” para crear alimentos “saludables y funcionales” y cremas que nos hagan parecer eternamente jóvenes, ¿cómo es posible que estas enfermedades se hayan multiplicado hasta extremos epidémicos en las últimas décadas? ¿Estamos haciendo algo mal o estamos siendo engañados por esas mismas empresas que tanto dicen preocuparse por nuestra salud y la de nuestros hijos?
 
El nuevo libro de Ana Isabel Gutiérrez Salegui, que acaba de ver la luz bajo el elocuente título de Consume y calla, pretende desenmascarar a una industria que, además de lucrarse con ello hasta extremos insospechados, es directamente responsable de “las enfermedades de la sociedad occidental“.
 
A través de un minucioso trabajo de análisis del mundo de la publicidad sobre alimentación y cosmética, se intentan desvelar y explicar los trucos a los que recurre la mercadotecnia alimentaria, las verdades a medias, las mentiras completas, las manipulaciones de los resultados de las investigaciones, los vacíos legales que lo permiten, y hacer conscientes a los consumidores de las trampas que tiende la industria y que tan nefastas consecuencias tienen sobre la salud y el bolsillo.
 
Sólo la información combate la manipulación, sólo la educación puede combatir el engaño. Este libro busca ambas cosas, informar y educar.
 
El contenido de esta nueva publicación de la psicóloga y docente Ana Isabel Gutiérrez Salegui es el siguiente:
 
1. Introducción
2. El cambio de una sociedad a través de sus estereotipos
3. Diccionario básico para detectar engaños
4. ¿Qué dice la Ley al respecto?
5. De paseo por el súper
6. La salud y la belleza en la publicidad
7. Picaresca y publicidad cosmética, ¿viejas amigas? Del bálsamo de Fierabrás a las nanoesferas
8. Manual del publiescéptico
9. Ranking de los mejores asteriscos
10. Quién es quién
11. Fuentes y recursos utilizados
 
La obra está publicada por el sello Foca, del grupo editorial Akal, donde también han tenido cabida polémicos títulos muy vendidos, tan diversos entre sí como El precio de la libertad, de Jesús Cacho, Adios, Princesa, de David Rocasolano, Traficantes de información, de Pascual Serrano, 11-S, las verdades ocultas, de Eric Raynaud, Una monarquía protegida por la censura, de Iñaki Anasagasti, o Catarsis, de Javier Benegas y Juan M. Blanco.

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La psicóloga Ana Isabel Gutiérrez Salegui fue la encargada de formar a los profesionales en esta herramienta de asesoramiento que, a través de la comunicación, busca ayudar a los pacientes y sus familiares o cuidadores a tomar decisiones y cambiar comportamientos.

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El resultado del estudio apunta a una menor incidencia de esta violencia en los países mediterráneos que en los del norte, pero los expertos advierten de que la estadística puede ser engañosa: las razones pueden ser culturales, sociales y educativas y estar vinculadas precisamente a una menor tolerancia de estas sociedades nórdicas al maltrato. Entre los testimonios recabados, se incluyeron unas breves declaraciones de la psicóloga Ana Isabel Gutiérrez Salegui.
Éste es el video de la noticia:

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