Raquel Vidales.
La vida sin gluten no es barata. La Federación de Asociaciones de Celiacos de España (FACE) calcula que este año las familias con al menos un miembro que padezca intolerancia a esta proteína (presente en cereales) gastarán una media de 1.586,40 euros más que los hogares en los que no haya ninguno. Pese a este sobrecoste, cada vez son más las personas que compran productos con el sello Sin gluten por defecto, aunque no sufran intolerancia. Es una tendencia —avivada por actrices, cantantes y otras celebridades— que ha eclosionado en los últimos dos años: dieta sin gluten para adelgazar, para sentirse más ligero o más sano.
Los médicos insisten en que no se deben improvisar dietas, sino acudir a un especialista acreditado. Pero la leyenda de que el gluten puede ser malo para cualquier persona ya ha calado y basta con darse una vuelta por el supermercado para comprobar su avance: los productos libres de gluten ya no se agrupaban en zonas específicas o tiendas especializadas, sino que se mezclan en las estanterías con el resto de las ofertas. “El avance responde, por un lado, a una necesidad real de la población celiaca, que siempre ha reclamado más oferta y más información en las etiquetas. Pero también a una nueva demanda de personas que no son celiacas pero que prefieren comer sin gluten. Ahí hay un nicho que la industria está explotando”, explica José Enrique Carreres, jefe del departamento de nuevos productos del centro tecnológico Ainia.
En los últimos cinco años, según los estudios de mercado que manejamos, se ha duplicado el número de lanzamientos de productos sin gluten en todo el mundo. De los 9.000 que se registraron en 2009 hemos pasado a 18.700 en 2013. La tendencia es creciente, pues el mayor empuje se observa en el último año: de 12.000 en 2012 a los 18.700 de 2013”, apunta Carreres. La curva de crecimiento en España es aún más pronunciada. “De 280 lanzamientos que se hicieron en 2009 hemos pasado a 1.500 en 2013. Cinco veces más”, observa. El etiquetado sin gluten no es obligatorio, sino que aporta un valor añadido, por eso los alimentos que llevan ese sello suelen ser más caros. “Elaborar un pan sin gluten apetecible requiere una tecnología que no es barata. Y tampoco lo es acreditar que no ha habido contaminación con gluten en ninguna de las fases del procesado de cualquier alimento. Por eso estos productos suelen ser más caros”, aclara Carreres.
El proceso de demonización del gluten ha avanzado en paralelo a otro fenómeno muy relacionado: la fiebre de los test de intolerancia alimentaria. Son pruebas que detectan, supuestamente, qué alimentos no son bien digeridos por una persona y, también supuestamente, pueden causar síntomas como obesidad, dolores de cabeza, ansiedad, problemas respiratorios, fatiga y hasta depresión. Las hay que analizan la sangre, otras el ADN y otras funcionan por biorresonancia. Su precio va de 100 a 300 euros y se ofrecen en clínicas de estética, centros de adelgazamiento, parafarmacias y, sobre todo, en páginas web.
(Fotografía de Cordon Press publicada en El País)
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