Lo que la ciencia sabe sobre el impacto psicológico de las grandes catástrofes ambientales: mucho más que un susto pasajero

Cada vez que un gran incendio forestal ocupa las portadas vemos imágenes de llamas, humo, viviendas destruidas y cientos de personas evacuadas. Sin embargo, cuando las cámaras se marchan y comienza la reconstrucción material, existe otra reconstrucción mucho más lenta y compleja: la de la salud mental de quienes han vivido la catástrofe.

Durante muchos años se pensó que los incendios forestales producían únicamente un impacto emocional transitorio. Hoy la evidencia científica demuestra que esta idea era incorrecta. Las grandes catástrofes ambientales constituyen uno de los factores de riesgo mejor documentados para el desarrollo de psicopatología relacionada con el trauma, especialmente trastorno por estrés postraumático (TEPT), ansiedad, depresión y duelo complicado.

La Psicología de Emergencias ha pasado de estudiar casos aislados a analizar decenas de miles de supervivientes en todo el mundo. Los resultados son extraordinariamente consistentes: cuanto mayor es la exposición al desastre, mayor es el riesgo de desarrollar alteraciones psicológicas que pueden persistir durante años.

El incendio no termina cuando desaparecen las llamas

Desde un punto de vista psicológico, un gran incendio no constituye un único acontecimiento traumático.

En realidad, suele tratarse de una sucesión de experiencias altamente estresantes.

Primero aparece la amenaza directa para la vida.

Después llega la evacuación.

Más tarde la incertidumbre sobre el estado de la vivienda.

Posteriormente la posible pérdida del hogar, del trabajo, de los animales, de la economía familiar y, finalmente, la adaptación a una realidad completamente distinta.

El trauma no reside únicamente en el momento del incendio, sino en la acumulación de pérdidas, cambios e incertidumbre que continúan durante meses.

Por ello, los efectos psicológicos suelen evolucionar con el tiempo y no siempre aparecen inmediatamente después del desastre.

¿Qué dice la evidencia científica?

La investigación más reciente ofrece una imagen muy clara.

Un metaanálisis publicado en 2026, que reunió los resultados de 33 estudios realizados con supervivientes de incendios forestales de diferentes países, encontró que aproximadamente uno de cada cuatro afectados desarrolla sintomatología compatible con trastorno por estrés postraumático, ansiedad o depresión.

La prevalencia estimada fue del 26,6 % para el TEPT, del 28,9 % para la depresión y del 25,2 % para la ansiedad, observándose además que estos problemas continúan presentes muchos meses después del incendio.

Estos datos son especialmente relevantes porque reflejan cifras muy superiores a las observadas en la población general.

No significa que todas las personas vayan a desarrollar un trastorno psicológico, pero sí que el riesgo aumenta de forma considerable tras la exposición a un gran incendio.

El impacto no desaparece con el paso del tiempo

Uno de los hallazgos más importantes de la investigación sobre desastres naturales es que sus consecuencias psicológicas pueden mantenerse durante años.

Una revisión sistemática de estudios internacionales concluyó que las personas expuestas a catástrofes naturales presentan una probabilidad significativamente mayor de desarrollar trastorno por estrés postraumático tanto durante el primer año como incluso más de una década después del acontecimiento. Del mismo modo, el riesgo de depresión continúa siendo claramente superior al de personas no expuestas.

Esto desmonta una idea muy extendida: el tiempo, por sí solo, no siempre cura las heridas emocionales.

La recuperación depende de numerosos factores, entre ellos la intensidad de la exposición, el apoyo social recibido, las pérdidas sufridas y la existencia de atención psicológica cuando resulta necesaria.

No solo afecta a quienes pierden su casa

La intensidad del impacto psicológico suele guardar relación con el grado de exposición.

Las personas que han visto peligrar su vida, han perdido familiares o han visto destruirse completamente su vivienda constituyen el grupo de mayor riesgo.

Sin embargo, la evidencia demuestra que los efectos psicológicos también aparecen en vecinos evacuados, familiares, profesionales de emergencias e incluso en personas que no sufrieron pérdidas materiales directas pero permanecieron expuestas durante semanas a la amenaza, al humo o a la incertidumbre.

El trauma no depende exclusivamente de la cantidad de bienes perdidos.

También depende de cómo el cerebro interpreta la amenaza y de la sensación de vulnerabilidad experimentada.

El duelo por el territorio: una pérdida que empieza a estudiarse

Durante los últimos años ha surgido un nuevo campo de investigación centrado en el impacto emocional derivado de la destrucción del entorno natural.

Conceptos como solastalgia, duelo ecológico o ecoansiedad describen el sufrimiento que experimentan muchas personas cuando desaparecen paisajes que forman parte de su identidad.

Un bosque no es únicamente un conjunto de árboles.

Es el lugar donde una familia ha paseado durante generaciones.

Donde alguien aprendió a montar en bicicleta.

Donde otra persona encontró tranquilidad cada tarde.

Cuando ese paisaje desaparece, también desaparece parte de la memoria emocional asociada a él.

La literatura científica comienza a reconocer que esta pérdida puede convertirse en un importante factor de estrés psicológico y de duelo, especialmente en comunidades rurales profundamente vinculadas a su territorio.

La incertidumbre también enferma

Uno de los factores que más peso tiene en la evolución psicológica es la incertidumbre mantenida.

No saber cuándo podrá regresarse al domicilio.

Desconocer si existirá trabajo al finalizar la emergencia.

Ignorar cuándo llegarán las ayudas.

No saber dónde vivirán los próximos meses.

La experiencia acumulada tras múltiples catástrofes demuestra que el desplazamiento prolongado, la inseguridad residencial y las dificultades económicas constituyen importantes predictores de ansiedad y depresión.

En otras palabras, la recuperación psicológica no depende únicamente del incendio, sino también de cómo se gestiona el proceso posterior de reconstrucción.

La mayoría de las personas son resilientes

Existe un dato esperanzador que también conviene recordar.

Aunque el riesgo de desarrollar problemas psicológicos aumenta significativamente tras una gran catástrofe, la mayoría de las personas no desarrollará un trastorno mental crónico.

Las respuestas iniciales de miedo, tristeza, irritabilidad, insomnio o llanto constituyen reacciones normales ante acontecimientos extraordinarios.

Muchas personas recuperan progresivamente su funcionamiento habitual gracias a sus propios recursos personales, al apoyo familiar y comunitario y a la intervención temprana cuando resulta necesaria.

La resiliencia no significa ausencia de sufrimiento.

Significa capacidad para recuperarse a pesar de haber sufrido.

Reconstruir también significa cuidar la salud mental

Durante demasiado tiempo la recuperación tras un incendio se ha medido en viviendas reconstruidas, carreteras reparadas o hectáreas reforestadas.

Sin embargo, la evidencia científica demuestra que existe otra reconstrucción igualmente necesaria: la psicológica.

Las revisiones internacionales coinciden en que los programas de apoyo emocional, los Primeros Auxilios Psicológicos, la detección precoz de personas vulnerables y el acceso a tratamiento especializado cuando aparecen síntomas persistentes mejoran el pronóstico y reducen el impacto a largo plazo.

Porque las llamas pueden extinguirse en pocos días.

Pero las huellas que dejan en la memoria de quienes las han vivido pueden acompañarles durante años si no reciben el apoyo adecuado.

La salud mental debe dejar de considerarse una consecuencia secundaria de las catástrofes ambientales. La ciencia ya ha demostrado que forma parte del propio desastre y que atenderla desde el primer momento es tan importante como reconstruir las viviendas o restaurar los bosques. Solo así la recuperación será verdaderamente completa.