LA POBREZA TIENE NOMBRE DE MUJER
Maricarmen Abascal tenía 87 años y llevaba más de siete décadas viviendo en el mismo piso de Madrid cuando, el 23 de septiembre de 2026, fue desahuciada. Su padre había firmado el contrato de alquiler en 1956. Con el tiempo, el edificio cambió de manos y el contrato terminó en los tribunales. La escena de una mujer mayor perdiendo la casa en la que había transcurrido casi toda su vida obliga a mirar más allá del expediente: ¿qué ocurre cuando una pensión y el precio de la vivienda dejan de encontrarse? No conocemos los detalles de su trayectoria laboral ni corresponde atribuirle una historia que no ha contado. Su caso sí muestra la fragilidad que puede aparecer cuando una persona envejece sin una alternativa de vivienda asequible.
Un mes antes, en Triana (Sevilla), había sido hallada muerta Marta, una mujer de unos 70 años que, según la información publicada, llevaba meses durmiendo en un trastero alquilado de menos de seis metros cuadrados, sin ventanas ni cuarto de baño. La Policía descartó indicios de muerte violenta. No conocemos qué la llevó a vivir allí ni consta que hubiera sufrido un desahucio. Su historia muestra otra forma de exclusión residencial: disponer de un lugar donde pasar la noche no equivale a tener un hogar.
Hay otros nombres detrás de situaciones parecidas. Sacra, en Sevilla, relató que pagaba 230 euros por un alquiler de renta antigua y temía perder su vivienda después de que un fondo de inversión adquiriera el edificio. María José, en Málaga, contó que en su bloque se presionaba a los inquilinos para que se marcharan y se dejaban desperfectos sin reparar. Son testimonios sobre inseguridad residencial, no pruebas de que todas ellas tengan la misma situación económica o biografía. Pero muestran cómo la vivienda puede convertir una renta modesta en una vida al borde del precipicio.
La dimensión del problema aparece en las cifras, aunque estas tienen límites. El Consejo General del Poder Judicial registró 25.540 lanzamientos en España durante 2025; 18.317 estaban vinculados a procedimientos de la Ley de Arrendamientos Urbanos. Su estadística incluye distintos inmuebles y no permite saber cuántas mujeres fueron afectadas. En una investigación específica del Instituto de las Mujeres sobre desahucios, el 43,8 % de las 290 mujeres participantes encabezaba una familia monomarental: es un dato de esa muestra, no una proporción de todos los desahucios del país.
En cuanto a la falta de hogar, la última encuesta individual disponible del INE contabilizó en 2022 a 6.652 mujeres entre las personas atendidas en centros asistenciales de alojamiento o restauración; de ellas, 327 señalaron que pernoctaban en espacios públicos y 179 en alojamientos de fortuna. La encuesta no es un censo de todas las mujeres que viven en la calle o en viviendas inseguras: deja fuera a quienes no acudieron a esos centros.
Una desigualdad que se acumula
La pobreza tiene nombre de mujer porque, estadísticamente, ser mujer sigue asociándose a un mayor riesgo de padecerla. En España, el riesgo de pobreza relativa en 2025 fue del 20,3 % para las mujeres y del 18,6 % para los hombres, según el INE. Son cifras calculadas con los ingresos del hogar: por sí solas no muestran cuánto dinero controla realmente cada persona dentro de él.
Para entender esa diferencia hay que retroceder al siglo pasado. Muchas mujeres crecieron bajo la expectativa de que atender la casa, criar a los hijos y cuidar de padres o suegros era su responsabilidad natural. Su trabajo sostuvo a las familias, pero buena parte de él no recibió salario ni generó cotizaciones. Esas ideas no desaparecieron de golpe: todavía hoy el reparto desigual de los cuidados condiciona quién reduce su jornada, rechaza una promoción o abandona un empleo. En 2025, entre las mujeres de 15 a 64 años que trabajaban a tiempo parcial, el 45,1 % señaló que no encontraba un empleo a jornada completa y el 17,7 % citó el cuidado de niños o adultos dependientes. Conviene recordar ambas cifras: la jornada parcial no siempre es una elección libre ni se explica únicamente por la maternidad.
También importa en qué trabajos se ha concentrado el empleo femenino. La limpieza, el trabajo doméstico, la atención a personas dependientes y otros servicios esenciales han contado con una presencia elevada de mujeres y, a menudo, con salarios bajos, jornadas fragmentadas y menos oportunidades de ascenso. Cuando parte de ese trabajo se realiza en la economía sumergida, ni siquiera deja constancia plena en la vida laboral. A ello se suman la discriminación salarial, las barreras para alcanzar puestos mejor pagados y, para algunas mujeres migrantes, obstáculos administrativos y laborales añadidos. Un salario escaso hoy no solo dificulta pagar el alquiler: puede convertirse en una pensión escasa mañana.
Los cuidados no cotizan solos
El Consejo Económico y Social calculó que en 2024 la pensión media de las mujeres era de 1.026,5 euros mensuales, frente a 1.510,3 euros entre los hombres. La media reúne distintas clases de pensión y trayectorias muy diferentes; no describe a cada jubilada. Sí permite ver el resultado acumulado de carreras laborales más cortas, salarios inferiores y tiempo dedicado a cuidar. Las pensiones de viudedad son otro reflejo de esas biografías: el 91 % de quienes las perciben son mujeres. Para muchas constituyen un sostén indispensable, pero dependen de la trayectoria de cotización de la persona fallecida y no sustituyen una vida laboral propia suficientemente protegida. Tampoco debe confundirse ese 91 % con afirmar que la mayoría de las pensiones que cobran las mujeres son de viudedad.
Las mujeres, además, suelen vivir más años. En 2024 la esperanza de vida al nacer en España fue de 86,53 años para ellas y 81,38 para ellos. A los 65 años, podían esperar vivir, de media, 23,64 años más, frente a 19,87 en el caso de los hombres. Vivir más no causa pobreza; significa que una pensión insuficiente, la viudedad, el encarecimiento de la vivienda y los gastos asociados a la dependencia pueden prolongarse durante más tiempo. Y muchas mujeres llegan a esos años habiendo cuidado antes a otras personas.
No existe una sola forma de pobreza femenina. Una madre que cría sola, una mujer que sale de una relación violenta, una trabajadora de la limpieza con jornadas dispersas y una viuda que vive de alquiler afrontan riesgos distintos. La discapacidad, la salud, el origen, el lugar de residencia y la falta de redes de apoyo pueden agravarlos. Por eso, hablar de pobreza también exige hablar de vivienda, servicios públicos de cuidados, acceso al empleo y protección social.
¿Qué puede aportar la Psicología?
La inseguridad económica no se queda en la cuenta corriente. La preocupación constante por el alquiler o por una factura puede ocupar la atención, alterar el sueño y reducir la capacidad de planificar. Perder la vivienda puede significar, además, perder el barrio, las rutinas y parte de la red de apoyo. La Organización Mundial de la Salud identifica la disminución de ingresos, la soledad, el aislamiento y las condiciones de vida difíciles como factores que pueden afectar a la salud mental en la vejez. Eso no permite diagnosticar a Maricarmen, a Sacra ni a María José: sus vivencias solo podrían conocerse escuchándolas.
La Psicología puede ayudar a reconocer el malestar sin convertir un problema social en un supuesto fracaso personal. Puede ofrecer apoyo ante la incertidumbre, la pérdida y el agotamiento; fortalecer vínculos y redes comunitarias; detectar cuándo hace falta atención clínica y acompañar el acceso a recursos. También puede contribuir a cuestionar la idea aprendida de que cuidar de todos a costa de una misma es una obligación femenina. Pero ninguna intervención psicológica sustituye un ingreso suficiente, una vivienda segura o un reparto justo de los cuidados.
La historia de Maricarmen nos recuerda que una vida no cabe en una cifra ni en un expediente. Detrás de muchas pensiones pequeñas hay años de trabajo pagado a medias, trabajo no pagado y decisiones tomadas en un contexto que ofrecía menos opciones a las mujeres. Reconocerlo es el primer paso; cambiar las condiciones que lo siguen reproduciendo es la tarea pendiente.
