Los grandes incendios y las víctimas invisibles: el impacto psicológico en las personas más vulnerables

Cuando hablamos de un gran incendio forestal solemos pensar en hectáreas calcinadas, viviendas destruidas, pérdidas económicas o daños medioambientales. Sin embargo, existe otra consecuencia mucho menos visible y, en ocasiones, mucho más duradera: el impacto psicológico que este tipo de catástrofes produce sobre las personas.

No todas las personas afrontan una emergencia en igualdad de condiciones. Existen colectivos especialmente vulnerables para quienes la evacuación, la incertidumbre, la pérdida del hogar o la transformación radical del entorno pueden constituir un acontecimiento profundamente desestabilizador. Entre ellos se encuentran las personas con discapacidad, las personas con neurodivergencia severa —como algunas personas con trastorno del espectro autista o discapacidad intelectual— y quienes padecen un trastorno mental grave.

La protección de estos colectivos no puede limitarse a garantizar su supervivencia física. También resulta imprescindible preservar su estabilidad emocional y psicológica, ya que, en muchos casos, las consecuencias pueden prolongarse durante meses o incluso años.

La evacuación: cuando la seguridad también genera sufrimiento

Desde un punto de vista psicológico, una evacuación supone una ruptura brusca del sentimiento de seguridad.

En pocos minutos desaparecen las rutinas, el control sobre la situación y la capacidad de anticipar lo que ocurrirá a continuación. Se abandonan pertenencias, medicamentos, objetos personales y, en muchas ocasiones, animales de compañía que constituyen una importante fuente de apoyo emocional.

Para la mayoría de las personas esta situación genera ansiedad. Sin embargo, en determinados colectivos vulnerables puede convertirse en una experiencia extremadamente desorganizadora.

Las personas con discapacidad física pueden experimentar una intensa sensación de dependencia, miedo a no poder escapar con suficiente rapidez o preocupación por convertirse en una carga para sus familiares.

Las personas con discapacidad intelectual o con trastornos del neurodesarrollo pueden tener enormes dificultades para comprender qué está ocurriendo. La ruptura de las rutinas, los cambios inesperados, los ruidos intensos de sirenas o helicópteros, la presencia masiva de personas desconocidas y los entornos improvisados de acogida pueden desencadenar elevados niveles de angustia.

En personas con trastornos del espectro autista con necesidades de apoyo elevadas, la sobrecarga sensorial y la pérdida de referencias habituales pueden provocar crisis conductuales, bloqueos, conductas de huida, autoagresiones o importantes dificultades para comunicarse.

Por su parte, quienes padecen trastornos mentales graves pueden presentar un empeoramiento significativo de la sintomatología previa. La interrupción de tratamientos, la falta de sueño, la incertidumbre o la separación de sus figuras de apoyo favorecen descompensaciones clínicas que, en algunos casos, requieren atención urgente.

La incertidumbre prolongada: un enemigo silencioso

Paradójicamente, el momento de mayor sufrimiento psicológico no siempre coincide con el incendio.

Una vez evacuadas las personas comienza otra fase especialmente compleja: la incertidumbre.

No saber si la vivienda continúa en pie, desconocer cuándo podrá regresarse, ignorar si los animales han sobrevivido o si será posible recuperar las pertenencias mantiene al organismo en un estado de alerta permanente.

Desde la Psicología sabemos que el cerebro tolera mucho mejor una mala noticia que una incertidumbre mantenida en el tiempo. La ausencia de información clara obliga a permanecer constantemente pendiente de cualquier novedad, dificultando el descanso y manteniendo elevados los niveles de ansiedad.

En personas especialmente vulnerables esta situación puede provocar un importante deterioro emocional y funcional.

Cuando desaparece el paisaje también se pierde una parte de la identidad

Existe un aspecto del que apenas se habla tras un gran incendio: el duelo por el paisaje.

No únicamente desaparecen árboles o montes.

Se pierde el lugar donde una persona paseaba cada tarde, el bosque donde jugaban sus hijos, el camino por el que caminaba con su perro o el entorno que le acompañó durante toda su vida.

Los paisajes también forman parte de nuestra identidad autobiográfica. Constituyen escenarios donde se almacenan recuerdos, emociones y experiencias vitales.

Cuando ese entorno desaparece de forma repentina, muchas personas experimentan una sensación difícil de explicar: sienten que han perdido una parte de su propia historia.

Este fenómeno, ampliamente descrito en Psicología Ambiental y en el estudio de los desastres naturales, puede dar lugar a un duelo complejo, especialmente intenso en quienes poseen una elevada vinculación emocional con el territorio.

En personas mayores, este sentimiento suele ser aún más intenso, ya que el paisaje forma parte de su memoria biográfica y de sus redes sociales cotidianas.

Las pérdidas materiales también son pérdidas emocionales

Una vivienda no es únicamente un edificio.

Es el lugar donde se guardan fotografías irrepetibles, recuerdos familiares, objetos heredados y símbolos que representan toda una vida.

Cuando una persona pierde su casa no solo pierde bienes materiales.

Pierde seguridad, continuidad, intimidad y una parte importante de su identidad personal.

Por este motivo resulta frecuente que muchas víctimas manifiesten sentimientos de vacío, tristeza profunda o incluso culpa por no haber podido salvar determinados objetos de valor sentimental.

Estas reacciones son completamente normales y forman parte del proceso de adaptación tras una experiencia traumática.

Durante las primeras horas o días es habitual observar respuestas de estrés agudo. Entre las manifestaciones más frecuentes encontramos:

Estado de shock o sensación de irrealidad.

Ansiedad intensa.

Hipervigilancia.

Irritabilidad.

Insomnio.

Llanto frecuente.

Dificultades de concentración.

Sensación de culpa.

Pensamientos repetitivos sobre el incendio.

Sobresaltos ante ruidos similares.

Evitación de hablar sobre lo sucedido.

Fatiga física y emocional.

En personas con trastorno mental previo pueden producirse recaídas, incremento de síntomas psicóticos, empeoramiento depresivo, crisis de ansiedad o alteraciones graves de la conducta.

En personas con neurodivergencia severa pueden observarse regresiones funcionales, incremento de estereotipias, conductas disruptivas, mutismo, alteraciones importantes del sueño, rechazo alimentario o pérdida temporal de habilidades previamente adquiridas.

Aunque la mayoría de estas reacciones disminuyen progresivamente, cuando persisten durante semanas o interfieren gravemente en la vida cotidiana es recomendable realizar una valoración psicológica especializada para descartar la aparición de un trastorno por estrés postraumático, un trastorno adaptativo u otras alteraciones emocionales.

¿Cómo podemos ayudar? La primera ayuda psicológica comienza mucho antes de acudir a un profesional.

Empieza ofreciendo seguridad.

Las recomendaciones más importantes son:

Proporcionar información clara, sencilla y veraz, evitando rumores y mensajes contradictorios.

Mantener, siempre que sea posible, las rutinas habituales, especialmente en menores y personas con discapacidad intelectual o trastornos del espectro autista.

Facilitar la continuidad de la medicación y de los apoyos sanitarios y sociales.

Permitir que las personas expresen sus emociones sin presionarlas para hablar antes de estar preparadas.

Evitar la sobreexposición continuada a imágenes del incendio en televisión o redes sociales.

Favorecer el contacto con familiares, cuidadores y figuras de referencia.

Detectar precozmente cambios importantes en el comportamiento o en el estado emocional.

La recuperación psicológica no depende únicamente de la fortaleza individual. Está profundamente relacionada con el apoyo social, la rapidez con la que se recupera una sensación de seguridad y la existencia de recursos especializados cuando resultan necesarios.

No todas las heridas dejan cicatriz visible

Los incendios terminan cuando se extinguen las llamas, pero sus consecuencias psicológicas pueden mantenerse mucho tiempo después.

Las personas con discapacidad, con neurodivergencia severa o con trastornos mentales graves afrontan estas situaciones desde una posición de especial vulnerabilidad que exige respuestas específicas por parte de los servicios de emergencia, los profesionales sanitarios y la sociedad en su conjunto.

Proteger la salud mental también salva vidas.

Porque reconstruir una vivienda puede llevar meses, recuperar un bosque puede requerir décadas, pero reconstruir el sentimiento de seguridad de una persona especialmente vulnerable exige tiempo, apoyo y comprender que las heridas emocionales, aunque invisibles, también necesitan ser atendidas

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